Según la prensa británica, la causa real de la dimisión de Keir Starmer no fue por un único escándalo ni un error puntual, sino por una combinación de presión interna, pérdida de apoyo electoral, la amenaza de un liderazgo alternativo (Burnham) y la percepción generalizada de que ya no podía llevar al Labour a la victoria. Es decir, lo echaron sus propios diputados antes de que lo echara el electorado. La acumulación de presiones internas y señales electorales adversas que hicieron insostenible su liderazgo.
Varios medios señalan que un número creciente de diputados laboristas dejó de confiar en que Starmer fuera la persona adecuada para liderar el partido hacia las próximas elecciones.
Las elecciones locales de mayo fueron un punto de inflexión que ocasionó pérdidas récord para el Labour por su política fiscal, sus reformas del bienestar y por el nombramiento de Peter Mandelson como embajador en EE. UU., vinculado a Jeffrey Epstein.
La prensa británica cree que Burnham puede devolver al Labour su identidad histórica sin caer en los errores de Corbyn ni en el “tecnocratismo” de Starmer.
Los medios británicos apuntan a que con Burnham veremos un Labour más emocional, socialdemócrata, norteño, municipalista, cercano a los sindicatos, narrativo, popular sin ser populista, cohesionado internamente y, sobre todo, muy competitivo frente a Reform UK, que es su objetivo prioritario.
También auguran que su política será continuista respecto a la OTAN, mantendrá su alianza con los EE.UU., impondrá una línea dura con Rusia, y no solicitará el reingreso en la UE, pero la reorientará hacia un Reino Unido más social, más urbano, más climático y más pragmático con Europa.
